
En los últimos dos prácticos de Literatura Inglesa escribí

Una promotora rubia te ofrece
la muestra gratis de brancamenta:
indómita,
negás sin levantar la vista,
sentadita,
leyendo el libro que te robaste,
atónita,
tu vestido floreado,
vintage como tu cara,
como tu sonrisa,
ida,
tus cachetes del culo rojos por el pavimento,
tu mirada acongojada,
desplomada sobre los versos,
irresponsables,
mientras seguimos haciendo tiempo,
mientras seguimos haciendo nada,
hipócritas,
el pabellón dónde está la oferta de Paco Urondo,
se llama José Alfredo Martínez de Hoz.

Esa remerita de Los Piojos
dejaba tu cintura a la intemperie,
transpirada y hermosa,
porque del barro te viste crecer
porque del barro sos vos,
como quisiera que me vuelvas
a pedir que te suba a los hombros,
para cantar como loca y mostrar
la bandera de Villa Raffo,
como quisiera que vuelvas a tener un poco
de aquel rollinguismo abstracto,
aunque ya no vale la pena,
ahora soy tu tabú familiar,
somos un archivo de folios infinitos,
en Tribunales nadie se imagina
que alguna vez abrazaste a un rolo,
los cadetes te dicen doctora y bajan la mirada,
tu vieja está feliz,
me la crucé en la farmacia,
si vos supieras las cosas que compra,
me miró como cuando éramos felices,
como sabiendo que sigo siendo fiel a mis tatuajes,
no la juzgo,
vos sos abogada de frente manteca,
laburó mucho para eso,
debe sonreír cuando se imagina tus reuniones,
pero nadie piensa en el final,
en el momento que esa sala queda vacía,
ahí queda toda la verdad impregnada,
una masa amorfa y densa de verdad,
nunca voy a conocer tu derpa en Las Cañitas,
a mi no me debés nada,
cada uno hace lo que puede,
a vos tampoco te juzgo,
si todavía en mi cuarto tengo colgado el trapo,
el rencor es un invento de la derecha,
de tus jefes,
háceme caso por última vez,
algún día cuando termine una reunión
dejá que se vayan todos y quédate sola…
el desierto de azúcar en el fondo
de la taza de café,
míralo bien,
es una tempestad dulce,
que se parece a tu montoncito de dedos
cuando te decía que tenías la culpa,
cuando te decía que había que dejar
de pegarle portazos a la paciencia,
cuando te decía que no podías ver
más allá de mi cara de culo,
inmediatamente,
tanto silencio se cae de maduro:
nunca voy a ser el sexto grande de tu vida.
La luz del pasillo
se inventó para los miedosos;
la prendo,
llego a la cocina,
abro la heladera,
tomo agua del pico,
boxer cuadrillé,
remera blanca de Maratón Solidaria,
descalzo,
baldosas frías,
vuelvo por el pasillo,
apago la luz,
me tapo,
me acurruco,
y en el entretiempo del estado alfa,
pienso…
tu psicóloga y la mía
tendrían que juntarse en una esquina
y recagarse bien a trompadas;
o de última,
no sé,
hacer un debate en TN,
con placa roja, imprenta blanca:
DOS PROFESIONALES HACEN LOBBY
CON INCERTIDUMBRE AJENA.