Había una chica que me decía “muchachito”. “Muchachito” de allá, “muchachito” de acá, “muchachito” te extraño, “muchachito” te quiero. Con la chica divina que me decía “muchachito”, nunca nos pudimos enamorar del todo, ni ella ni yo, sin embargo, nos quedó la admiración como
alta reliquia de lo inoportuno, el cariño espectacular de los corazones, el eco de las montañas de un gran amor llano, la partida taciturna de un montón de trenes, la esperanza poderosa de todo lo que podemos ser: si coincidimos.
Atención, muchachos y muchachas, ustedes que aman pero no lo saben, todavía pueden estar a tiempo: es mentira que todas las posibilidades existen, son puras patrañas los destinos que fogonea la duda, tengan paciencia, resistan, verifiquen cada pozo de la galaxia, porque en el entretiempo, mientras se clonan primaveritas, el amor se va en silencio, paulatinamente lúcido, con la dignidad de los exiliados y la fuerza total de los que resucitan.
El olfato no me falla, se viene otro diciembre con forma de cicatriz: vos tan cañita voladora de Navidad y Año Nuevo; yo tan perro en un balcón enrejado que da a la avenida, y sin mis dueños.
A la madrugada, escuchar la heladera desde la pieza me hace pensar en nosotros: una pizca de bullicio en un silencio total, una luz que se prende cuando buscamos lo imprescindible, un motor que se puede apagar si la energía baja de golpe, una puerta con una foto de Evita y algunos imanes coloridos: deliverys a los que solíamos llamar, salvo los días de lluvia, por respeto, por dignidad, y porque amamos así, como podemos, sin esperar nada.
Siempre me ahogo en un vaso de agua, pero ese vaso puede ser el río que nos cruza, el río al que te invito, el río en el que jugamos a ver quién aguanta más abajo del agua, y ganás vos, porque tenés más resistencia, y nos reímos, y jugamos otra vez, y quizás empezás a gustar de mí, de nosotros, porque sentís que toda tu resistencia nos equilibra, y te decís: ¡ah, listo, qué fuertes seremos! y se te prende la mecha de la construcción de un mundo potable, y quizás empezás a gustar del río, del incendio sano cuando se va el sol, de la correntada, de las olitas de agua dulce que nos rebotan contra la panza, de la potencia que significa acompañarnos.