martes, 11 de febrero de 2014

Biografía no autorizada de una lágrima


Una lágrima emerge en un parpadeo bruto
y la bandera a cuadros del tiempo flamea:
surca el pómulo,
gorda,
cristalina,
saladísima,
atraviesa la barba como si fuese un monte bonaerense,
de noche y en invierno.

Un sollozo retumba,
parece que un misil explotó a lo lejos,
irrumpiendo el silencio con una fuerza triste,
dejando en el aire,
vergüenza, rabia y soledad.

En el abismo que hay entre la oreja y el cuello,
la lágrima se retiene expectante,
tambalea,
grita,
llora,
ve flashes de su vida;
pero está dispuesta a inmolarse,
por una causa justa.

Lo logra,
es un pedacito de alma cayendo desde el balcón del mundo,
un barrilete emocional a la intemperie,
un charquito de ansiedad volando por el futuro.

Desesperada,
contempla su final,
su razón de ser,
hasta que,
con el corazón en la boca,
se desploma sobre esta sábana celeste,
donde vos no estás,
y ahora que lo pienso,
yo tampoco.



jueves, 6 de febrero de 2014

Heroico

Estar desnudos,
y abrazados,
haciendo pogo en cámara lenta
con la Marcha de San Lorenzo:
sonriendo,
con los ojos llenos de lágrimas,
los puños en alto y la mirada en el cielo,
a orillas del río,
sin distancia ni Blackberry,
sólo el barro y las pequeñas olas,
en una tarde nublada,
a mediados del Siglo XV,
antes de la llegada del idioma y los almanaques.

Tal vez,
eso es el amor cuando coincide con el tiempo,
cuando el pasado, el presente y el futuro,
sólo son tres opciones,
de verdad.

lunes, 3 de febrero de 2014

Tocar fondo

Tocar fondo es tener la sensación
de estar cayendo todo el tiempo,
en silencio,
paulatinamente,
como el rocío de agosto sobre
el parabrisas de un Renault 12.

Tocar fondo es no tener fuerza para leer,
ni para gritar un gol,
ni para perder,
ni para ser egoísta.

Tocar fondo es empezar mal,
es llorar en el bondi y que
ni siquiera te de vergüenza;
es abandonar,
en todo sentido.

Tocar fondo es el cinismo de la tristeza,
es ser alérgico a las contradicciones,
es tener miedo a ser un héroe.

Tocar fondo es un verbo infinitivo
seguido de un lugar incierto,
precisamente:
el infinito.

Tocar fondo es saber que la incertidumbre
no se le desea a nadie. 

jueves, 23 de enero de 2014

Cuando llueva ceniza


Aman estar angustiados en el balcón del purgatorio,
pero no se tiran nunca.
Sueñan con ser los capitanes del barco que se salva,
pero no tienen los huevos.
Creen que en su velorio todos recordarán su moral,
pero sólo les importa el momento.

Son los que confunden amor con paranoia,
abrazos con lobby,
fuerza con ceguera,
y lo hacen con intención,
sabiendo que lastima,
que arde,
que revienta,
aunque también lo hacen con ignorancia,
con pose,
con desesperación,
con el mismo morbo que se inventó la matemática.

Y así se pudre,
el olor a rancio de los culos propios
se desparrama por la galaxia,
se fermenta con el aliento de los dioses
que sólo hacen milagros exclusivos,
los más carismáticos,
los más inteligentes,
que ambiciosos,
enfermos por el cáncer del aplauso,
se olvidan que,
cuando el ruido venga de cerca,
cuando hagamos fondo blanco de lava,
cuando llueva ceniza,
nos vamos a ver la jeta,
van a ver.

jueves, 2 de enero de 2014

La pequeña muerte de los giles


Te confieso que ya no sé
qué imagen tiene el día de hoy,
será por ver todos los ayeres progresivamente.

Juan Diego Incardona



Hay cosas insignificantes que me dan un poco de tristeza:
la Traffic abandonada que está sobre Av. Boedo,
llegando a Estados Unidos;
algunos vectores de figuras humanas en los negocios de Once;
los archivos de Excel,
casi todos los partidos de rugby
o la soberbia de una vedette.
Aunque a veces,
no sé si es tristeza,
es una resignación que me apabulla,
un vacío donde me reconozco,
algo muy parecido a la soledad.
Y ahí,
stalkeando la memoria,
germinando fantasmas,
es cuando comienza la pequeña muerte de los giles;
nosotros,
cobardes legítimos,
pobrecitos,
miserables,
empezamos a morir en masa,
perdemos la noción del tiempo
y el ego pierde el equilibrio,
ya no es ni significado ni significante,
es una institución,
una guerra,
que nos fanatiza,
que nos hiere.
Entonces se nos va la vida intentando asumir nuestras decisiones,
lo que perdimos,
lo que nos falta,
lo que nos sobra,
pero ahí están los resultados brillando en una marquesina,
la exposición de la derrota,
el gatillo fácil de las redes sociales,
ahí está la realidad desnudándose sobre nuestro ombligo.
Por eso,
mal que nos pese,
aunque parezca que un Tyson nos surte en la pera,
nos guste o no,
alguien está acariciando la espalda que nosotros abrazábamos,
es más,
el llanto que apaciguamos y todo la contención que construimos
es pornografía amateur que nunca vamos a ver,
en habitaciones que nunca vamos a conocer
o en las mismas que supimos dormir en paz,
bajo una dinámica distinta,
con otro ritmo,
con otro criterio,
incluso,
con otro amor,
ni mejor ni peor,
otro.
Así y todo,
vale la pena,
siempre vale la pena,
lo que dejamos pululando es nuestro,
es una escalera de hormigón invisible,
de la que subimos y bajamos solos,
como unos enfermos,
porque el futuro se construye a fuerza de miedos
que no se curan jamás,
sólo se aprende a convivir con ellos,
dar y recibir,
transar,
fifty-fifty,
ser cómplices de nuestra propia tragedia:
mueren treinta civiles de mi alma,
bueno,
perfecto,
ahora mueren treinta civiles de la tuya;
y así,
con esa impunidad,
con la misma lógica que se desarrollan los países,
con ese salvajismo emocional que nos enloquece,
así,
con una displicencia atroz,
en ese ir y venir de lastimaduras,
en esa terapia intensiva,
sin ni siquiera darse cuenta,
el corazón comienza a tomar distancia de lo heroico. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Vergüenza propia


Para lograr ritmo, emoción y contundencia,
escribí un poema en cuerpo dieciséis.

Sentí vergüenza,
hundí el delete con rabia,
y me pregunté:

¿Qué carajo estoy haciendo?
¿Por qué no estoy leyendo?
¿Quién me apura?

A veces,
escribir nos embrutece.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Soñar con agua

Estoy en el fondo del océano,
llorando en la oscuridad,
con la cabeza hinchada por la presión,
y un pulpo,
con un fierro en cada mano,
me agita para que le entregue el alma.

Estoy en una Pelopincho,
jugando a ver quién aguanta más abajo del agua,
y escucho a los perros ladrar,
por la presencia de algunos alguaciles.

Estoy en 1990,
en Banco Pelay,
Entre Ríos,
aprendiendo a nadar,
con mi papá y mi hermano.

Estoy a orilla del lago,
con Edward Bloom,
borrachos y melancólicos,
leyendo versos de Cafrune.

Estoy en 1995,
arriba del techo de la casa de mis abuelos,
de noche,
viendo como el Río Arrecifes,
les arrebata la dignidad.

Estoy en una palangana azul,
desnudo,
tirándome agua en la cabeza,
con una jarrita de chapa.

Estoy en 2013,
en el agua de los fideos,
nadando entre tirabuzones tricolores,
flasheando que venís a cenar.

Estoy en el corazón del director
de la orquesta del Titanic,
esperando la muerte,
pero aguantando los trapos,
confiando en la belleza.

Y estoy,
como para no perder la costumbre,
convencido,
remando contra la corriente,
leyendo poesía,
salvándome la vida.