domingo, 30 de mayo de 2010

Puente Saavedra

El purgatorio barato de las despedidas,
ahí donde mueren los tibios, las frígidas y los grises,
se te mueve el asfalto, Mi Vida, oscila falicamente,
con ese ruido a mundo que no descansa,
y te hace bajar las escaleras,
para meterte en la habitación de un montón de gente,
que bien sabe del ruido,
que lo escucha con auriculares,
tirados en su colchón infame,
viéndote bajar, contando las monedas,
que no son para ellos, ni para nadie.

Mi Puente Saavedra, Oh! Querido Puente Saavedra,
puerto de mis fracasos, nudo de asfalto,
cabaret de la incertidumbre, piropo triste,
vaya un verso para los que te cruzan por inercia,
los que viven del otro lado,
María y Bubon,
hijos de la noche, cadetes pillos de la oficina de mi alma,
socios del surmenage, gula de las palabras,
nos perdemos en el Polaco, en la garganta podrida,
el puño apretado, pura sangre, puro humo,
infancia ochentosa que hoy te escucha,
con lágrimas que nadie ve, sólo el silencio,
que rueda sobre el tango de tus caricias.

Tu Puente Saavedra, Oh! Temible Puente Saavedra,
corazonada sonsa, ecuador de las eses,
tus camisetas de Platense que se van con el horizonte,
que aparecen y desaparecen donde se mueren las esquinas,
me verás dormido, bajando de un semi-cama nauseabundo,
aliento de viaje, odiando al bigotudo,
al bigotudo soberbio que grita ¡Saavedraaa!
ese bigotudo panzón y mal parido,
que te corta el sueño, que nunca me deja terminar de desnudarte,
porque tengo que bajarme a fallecer,
a ir muriendo hasta la parada del 68,
que se apiada de mí, y se hace cargo de mis huesos, para siempre,
que es precisamente lo que tardo hasta mi cama.

Nuestro Puente Saavedra, Oh! Impertérrito Puente Saavedra,
vaticano de mis papas, off side de los ansiosos,
cuadrilátero de cadáveres on line,
calesita de los excesos, intemperie de los grasas,
aduana peronista, precipicio popular,
visagra de las urnas, yacuzzi del Sindicato,
bájame por tus escaleras, llévame a tu Olimpo,
al sacrificio de la Canción, a un orgasmo profano,
en Rivadavia y Treinta y Tres Orientales,
donde quieras, pero arráncame la pena, sin piedad,
aunque sea tarde,
sabré recuperar las horas perdidas,
asumiendo la soledad y la histeria del tiempo,
porque si hay algo que me deja en paz,
es saber que entregué mi vida por tus ojos,
di la cara por tus piernas,
y creí en la democracia de tus pechos,
la insoportable verborragia del corazón,
que ha creído en el carisma de tus tetas,
como todo iluso,
reprimido por tu sonrisa,
en la plaza hostil de tu lengua.

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