martes, 31 de octubre de 2017

El muchacho de la construcción

Mientras espero el 15
sobre Avenida Libertador,
el muchacho de la construcción almuerza
bajo la sombra artificial de las torres paquetas.
Desde el otro lado de las rejas,
veo cómo muerde su sanguche de milanesa completo,
mastica con la boca cerrada mirando un punto fijo,
apoya el sanguche contra el cemento,
toma un trago de gaseosa del pico,
agarra su teléfono y sonríe.
El muchacho de la construcción lleva una gorra Nike,
una remera blanca de un supermercado,
un pantalón azul manchado con cal
y unos borcegos negros.
El portón enorme de las torres paquetas se abre automáticamente
y un auto grande que brilla con el sol sale despacio;
el conductor,
sin ni siquiera bajar el vidrio polarizado,
saluda serio al tipo de seguridad.
En ese momento,
el muchacho de la construcción mete un gestito nervioso,
como si estuviese en falta,
como si su presencia incomodara las leyes del otro mundo.
El auto se va,
el portón se cierra,
el tipo de seguridad vuelve a escuchar radio a la garita
y el muchacho de la construcción vuelve a sonreírle a su teléfono.
Llega el 15,
me subo,
me siento,
y con cabeza en la ventanilla,
me pregunto:
¿Estará enamorado el muchacho de la construcción?
¿De ahí rajará de inmediato a meterle un abrazo a la persona que ama?
¿Leerá?
¿Jugará a la pelota?
¿Contará con amigos y amigas que lo abracen cuando se desvanecen los sentimientos básicos?
¿Saldrá a divertirse los sábados a la noche?
¿Antes de ir a bailar sentirá esa alegría genuina que nos nace y no la que nos quieren imponer?
¿El movimiento cíclico de la bola espejada iluminará su cara en la pista?
¿Bailará su canción preferida con la mirada en el techo, los ojos como puñalada en lata, con pasitos cortos y los brazos bien abiertos?
¿Sentirá que es el muchacho más feliz del mundo mientras chapa con la persona que ama?
¿Tendrá franco los domingos?
¿Tomará decisiones y avanzará sin estancarse en la brea del miedo?
Ojalá que sí,
todo que sí.

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